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Resiliencia perdida: la generación sin herramientas para la vida

ChatGPT-Image-Mar-26-2025-04_12_47-PM-1024x683 Resiliencia perdida: la generación sin herramientas para la vida

En las últimas décadas, los enfoques de crianza han cambiado significativamente, en muchos casos buscando ofrecer a los niños una vida más cómoda y llena de oportunidades. Sin embargo, esto ha derivado en una tendencia que ha llevado a reducir las oportunidades para que los jóvenes enfrenten desafíos cotidianos. Esto ha generado que algunos jóvenes de la Generación Z (aquellos que actualmente rondan los 20 años) se enfrenten a una realidad para la que pueden no estar completamente preparados.

Con la intención de que se concentren en sus estudios o para facilitar la dinámica familiar, en algunos hogares se han reducido las expectativas sobre la contribución de los jóvenes en las tareas del hogar o la resolución de situaciones por sí mismos. Como resultado, algunos han crecido con menos oportunidades para desarrollar habilidades básicas necesarias en la vida adulta.

La realidad de la vida actual no proporciona tan fácilmente las mismas situaciones cotidianas que generaciones anteriores solían enfrentar, y que, aunque en su momento podían generar nerviosismo, ayudaban a desarrollar autonomía. Recuerdo claramente la primera vez que mi mamá me pidió bajarme en la Arrocha con un cheque firmado, para que comprara unas cosas puntuales y pagara. Recuerdo el nerviosismo de presentar el cheque en la caja, el miedo a cometer un error y tener que salvar la situación si algo salía mal. Evidentemente, de los nervios, me equivoqué escribiendo el monto en el cheque y tuve que explicar el error a la cajera y a las personas en la fila, regresar al carro, explicarle a mi mamá, y enfrentar la incomodidad de la situación. Experiencias como esta, aunque en su momento fueron difíciles, fueron parte del crecimiento y me enseñaron que soy capaz de manejar la ansiedad de situaciones desconocidas.

Hoy en día, en algunos casos, los jóvenes han tenido menos oportunidades de experimentar este tipo de situaciones, lo que ha llevado a que tareas cotidianas como hacer una llamada telefónica para sacar una cita médica o enfrentarse a pequeños errores puedan generar niveles elevados de ansiedad. La vida no puede aprenderse solo en teoría; se necesita la práctica, la experiencia y, sí, incluso los errores, para desarrollar confianza y resiliencia.

Además de la sobreprotección, en algunos casos, la sobreindulgencia también ha tenido un impacto en la preparación de los jóvenes para la vida adulta. Gracias al esfuerzo de sus adultos, han gozado del acceso a cierto grado de comodidades. Esto puede manifestarse en la reducción de responsabilidades en el hogar, en la evitación de experiencias que podrían resultar incómodas y en una tendencia a proporcionar entretenimiento constante para prevenir el aburrimiento o la reflexión. Como consecuencia, algunos jóvenes han desarrollado grandes expectativas sobre lo que la vida debe ofrecerles, pero pueden tener menor tolerancia a la frustración cuando las cosas no salen como esperan. La falta de exposición al esfuerzo y a la resolución de problemas puede hacer que la transición a la adultez se sienta abrumadora.

La resiliencia es la capacidad de afrontar y superar situaciones difíciles. La incomodidad es parte del crecimiento, y es en esos momentos desafiantes donde se desarrollan habilidades clave para la vida. En las últimas décadas se ha ido acentuando la llamada “adolescencia tardía”, un periodo en el que, a pesar de haber alcanzado la mayoría de edad, pueden seguir dependiendo en gran medida de sus familias para la toma de decisiones y la resolución de problemas cotidianos. (Nótese que el énfasis es en la dependencia emocional. No me refiero a lo económico.)

Para fomentar la autonomía en los adultos jóvenes, es útil ofrecerles desde temprano, oportunidades graduales para asumir responsabilidades y enfrentar desafíos. Algunas estrategias que pueden ser beneficiosas incluyen:

  1. Asignarles responsabilidades: Desde tareas del hogar hasta la el manejo de su dinero/mesada, es fundamental que aprendan a manejarse por sí mismos.
  2. Fomentar la toma de decisiones: Darles espacio para que tomen decisiones, incluso si esto implica cometer errores y aprender de ellos. Y esto incluye decidir su camino laboral y profesional.
  3. Exponerlos a situaciones reales: Dejarlos gestionar sus propias citas y resolver imprevistos sin intervención de los padres. (No estoy hablando de accidentes y situaciones graves, obviamente.)
  4. Incentivar la resiliencia emocional: Enseñarles a lidiar con el fracaso y la frustración como parte natural de la vida.
  5. Promover un equilibrio entre apoyo y autonomía: Permitirles vivir experiencias fuera de su zona de confort y enfrentarse a los desafíos con el apoyo adecuado, pero sin intervenir excesivamente.

Es momento de reflexionar sobre cómo podemos apoyar el desarrollo de la resiliencia y la autonomía en las nuevas generaciones. En nuestro deseo de brindarles lo mejor, podemos encontrar un equilibrio entre el apoyo y la oportunidad de que enfrenten desafíos por sí mismos. Si queremos que sean adultos funcionales y resilientes, es importante que tengan experiencias reales, que aprendan de la incomodidad y que desarrollen las habilidades necesarias para su independencia.

***Disclaimer: Este artículo pretende ilustrar que a veces, por querer hacer un bien, podemos privar a las personas de sus propios aprendizajes. Hay muchos jóvenes y muchas familias que viven situaciones desproporcionadamente difíciles, que causan efectos psíquicos y sociales disruptivos. La violencia, los abusos y la disparidad de oportunidades son problemas serios.

Ruido, Urgencia y Vacío: El Costo Psicológico de la Sobreestimulación

En la actualidad, vivimos en un estado de sobreestimulación constante. Las redes sociales, el product placement, los influencers, la contaminación auditiva y el bombardeo constante de información nos rodean a cada momento. Este constante bombardeo mantiene nuestro sistema nervioso en un estado de alerta permanente, lo que dificulta la relajación y la concentración. En un estado de sobreestimulación, reaccionamos constantemente a lo que nos rodea en lugar de tomar decisiones basadas en lo que realmente queremos. Esto nos lleva a un estado de hiperactividad sin dirección, sintiéndonos ocupados pero sin avanzar en un propósito significativo.

La sobreestimulación interrumpe nuestra capacidad de introspección, planificación y conexión con nuestras verdaderas necesidades y valores, dejándonos sin un sentido de propósito. Esta carencia de un propósito definido puede dejarnos con una profunda sensación de insatisfacción. Al no tener un objetivo claro que guíe nuestras acciones, es fácil caer en la sensación de estar ocupados pero no realmente avanzando hacia algo significativo.

La estimulación constante, especialmente a través de redes sociales y notificaciones digitales, mantiene nuestro cerebro en un ciclo de gratificación instantánea. Esto reduce nuestra capacidad para tolerar la incomodidad necesaria para perseguir metas a largo plazo, lo que nos deja sin un sentido de dirección real.

Cuando estamos bombardeados por información, entretenimiento y estímulos, no dejamos espacio para la reflexión. La claridad sobre lo que queremos y quiénes somos solo surge en momentos de calma, algo que la sobreestimulación elimina casi por completo.

La exposición continua a múltiples fuentes de información fragmenta nuestra atención. Esto nos impide profundizar en ideas, desarrollar proyectos personales y mantener la concentración en objetivos a largo plazo, esenciales para construir un sentido de propósito.

En lugar de sintonizarnos con nuestras emociones, estados internos y deseos auténticos, buscamos distracción constante. Esto impide que desarrollemos un propósito basado en lo que realmente nos importa y nos llena.

Como la sobreestimulación nos mantiene saltando de una actividad a otra sin un hilo conductor, sentimos que no avanzamos en nada concreto. La satisfacción proviene del progreso en algo significativo, pero cuando todo es ruido y distracción, perdemos la percepción de crecimiento y evolución.

En un mundo lleno de estímulos, es crucial encontrar espacios para desconectar y reconectar con nosotros mismos. Solo así podremos encontrar un propósito claro y un verdadero sentido de bienestar en nuestras acciones diarias.

 

¿Qué clase de madre van a pensar que soy?

 

“¿Cómo hago para que mi hijo ponga atención en sus clases de zoom? ¿Qué clase de mamá va a pensar la maestra, que soy?”. “Me siento la peor madre del mundo porque salgo del trabajo cansada todos los días, y no tengo energía para jugar”. ¿Suena familiar? Bienvenidas a la culpa materna. 

 

La culpa es un sentimiento diferente a la tristeza o el enojo. Cuando sentimos culpa, experimentamos una combinación de frustración, ansiedad y vergüenza. Si este sentimiento se acumula a través del tiempo, puede llegar a dañar nuestra percepción de nosotras mismas, de nuestro valor y de nuestras capacidades. Puede predisponernos a padecer depresión, ansiedad, y otros problemas de salud mental y física. 

 

La experiencia de la maternidad es única para cada persona. Pero en general, suele ser una etapa rodeada de muchas expectativas y presiones (personales, familiares y culturales). Un estudio reveló que ser madre actualmente, equivale a tener 2.5 trabajos de tiempo completo. Si trato de pensar cómo sería eso, me doy cuenta que no estamos hablando de varios trabajos en turnos seguidos, sino varios trabajos a la vez, en turnos que chocan, sumado al trabajo regular, y ahora también el de maestra/estudiante. 

 

Uno de los principales disparadores de la culpa en la maternidad son nuestras propias creencias de lo que “deberiamos” estar haciendo. La gran mayoría de las madres tiene un genuino deseo de hacer lo mejor para sus hijos. No es que no te estás organizando suficientemente bien. No es que tienes que esforzarte más. Es que las mamás tenemos el plato más lleno de la cuenta, y no es culpa tuya. Incluso cuando tenemos una pareja con quien repartir las responsabilidades, la mayor parte del peso (especialmente lo relacionado con el cuidado y lo emocional) cae de nuestro lado. 

 

Estamos bombardeadas de mensajes: lo que vemos en los anuncios de publicidad, las vidas “perfectas” que vemos en redes, los comentarios bienintencionados de nuestros seres queridos, y hasta los comentarios malintencionados de extraños en internet. Pero no olvides que al final del día, la relación que tú tienes con tus hijos es única. Las decisiones que tomes pensando en el bienestar de tu familia, no tienen que hacerle sentido a más nadie que a ustedes. Las personas que estás criando tienen sus propios caminos por recorrer, y tú solo eres una acompañante. 

 

Te invito a que tomes el sentimiento de culpa como información. Donde sientas culpa, probablemente estés frente a algo que es importante para tí. Pregúntate si es realmente tu responsabilidad. Por ejemplo, que a tus hijos les vaya bien en la escuela es de tu interés, pero no es tu responsabilidad; es de ellos. Es tu responsabilidad sanar tus propias heridas para no pasarle tus inseguridades a tus hijos, pero no es tu responsabilidad librarlos de las dificultades de la vida. 

 

No dejes que la culpa te paralice. Tú eres su mamá. Tu puedes con esto.

La pandemia no atrasó a los niños. Los cambió.

“Estoy observando un retroceso notable [durante la pandemia de Covid-19], superior a lo que suele considerarse adecuado en términos de desarrollo. Hemos visto a niños que han dado marcha atrás en el uso del lenguaje propio de los bebés y que necesitan más ayuda de lo que es normal en esa edad en sus rutinas diarias, como dormir o ir al baño. Les puede ser muy difícil enfrentarse a sentimientos complejos y manifestarlos, así que estamos viendo rabietas en niños más pequeños […]”  –Nancy Close, Doctora y Profesora Adjunta en el Centro de estudios infantiles de la Facultad de Medicina de Yale.

Partiendo de este extracto de una entrevista, se organizó esta semana una reunión para padres en un centro de educación preescolar. (No les voy a contar el detalle de lo que se nos dijo a los papás. Solo les voy a confesar que el grado de indignación con lo que estaba presenciando como mamá asistente, y profesional de la Salud Mental con estudios en desarrollo infantil y en psicopedagogía, hicieron cortocircuito y lo que salió en ese Zoom puede haber sido una Karen -not my best moment-).

 

Retrocesos notables

Las tablas y curvas de desarrollo son promedios. Las evaluaciones de desarrollo comparan el desempeño del niño al momento de la examinación (como una foto), con otros niños en su misma edad y en condiciones similares (de su mismo país, por ejemplo). Estar en la parte del centro de la curva es lo promedio. Pero estar hacia los extremos no es en sí solo, “algo”. Son una parte de la información, que, para ser útil, debe ser complementada con la información del contexto. En la entrevista original, en inglés, la cita de la Dra. Close dice: “superior a lo que suele considerarse adecuado, en tiempos normales“.

kid-measures-growth-on-background-of-blackboard-2021-08-26-15-30-04-utc-300x238 La pandemia no atrasó a los niños. Los cambió.

Ya hemos vuelto bastante a la normalidad, y ya no queremos pensar más en el Covid; queremos regresar a la vida normal. Pero lo que vivimos en esos primeros dos años no fue “normal”. Y lo natural, luego de ese evento traumático colectivo, es que salgamos cambiados.

La regresión es un mecanismo de defensa, no una malcriadez

Si estamos viendo regresiones e irritabilidad, es porque algo pasó. No, mamás y papás, si su hijo ha regresado al pañal, al tetero, a despertarse por la noche, la primera y única razón no es: porque usted se ha dejado manipular. Las regresiones en el desarrollo representan formas de protección, y lo primero que hay que buscar es: ¿protección de qué? ¿Qué es eso que pasó? Forzarlo a dejar el chupete, la cama de los papás, sin considerar qué hay detrás de ello, especialmente a través de la humillación, agrega trauma al trauma.

“Pero sí me doy cuenta que mi hijo no está donde pudiera estar”

¿Le diste bastante el tablet en pandemia y después de ella? ¿No le enseñaste las formas y los colores? No eran tiempos normales. Hiciste lo mejor que pudiste para sobrevivir un evento que nos cambió la vida. Y ahora poco a poco podemos buscar soluciones para las cosas que no salieron como hubiéramos querido. No te creas los discursos de culpa. No nos vamos a quedar de brazos cruzados en cuanto al desarrollo de nuestro hijos. Vamos a buscar ayuda. Pero por favor: desde la compasión hacia ustedes y sus familias, y con profesionales cualificados e idóneos para sus casos particulares. (¿Verdad que el cardiólogo no nos da diagnósticos ni tratamientos de ortopedia?)

La entrevista completa de la doctora Close la pueden encontrar en la página de Unicef.

 

 

“Aquí se hace lo que yo digo y no lo que tú quieres”

Para vivir en sociedad, debemos ser capaces de seguir normas y reglas. En su esencia, las reglas existen para mantenernos a salvo, pero también se pueden usar para ejercer control. Enseñar disciplina no es lo mismo que exigir obediencia.

En la “vida real”, nos enfrentamos con personas y situaciones que no son de nuestro agrado, y se espera que sepamos manejarlo. Se espera que sepamos dialogar, que sepamos buscar consenso. En una vida democrática, parte del deber del ciudadano es alzar su voz ante la injusticia. Ante el abuso y el desequilibrio de poder, nos preguntan: ¿y por qué no dijiste nada? Esperamos que los niños sepan decir que NO cuando alguien los quiere tocar inapropiadamente, mientras les enseñamos que a los adultos se les obedece sin chistar.

Educar no es doblegar. Disciplinar no es castigar. Orden no es represión. Y del otro lado, cuestionar no es irrespetar. Expresar la opinión propia no es confrontar. Poner límites no es agredir.

“Aquí se hace lo que yo digo y no lo que tú quieres” no enseña a seguir instrucciones. Lo que enseña es: tu voz no vale, y si tratas de expresarte, te expones a las consecuencias. Una persona que aprende que no es permitido tener una postura propia, es una persona que no aprende a defenderse sanamente. Es una persona que aguanta callada mientras abusan de ella, porque aprendió que no tiene opción. O es la persona que no sabe controlar su ira, porque nunca pudo expresar su punto de vista.

Los niños no son seres salvajes que hay que “domar”. Son seres humanos que merecen ser tratados con el mismo respeto con el que queremos ser tratados los adultos. Porque además, el respeto es de esas cosas que se aprenden por cómo se viven.

Si queremos una sociedad en la que todos sepamos respetar las normas, y en la que sepamos hacer valer nuestros derechos, formemos niños que entiendan para qué son las instrucciones, en vez de entrenarlos a acatar órdenes.

Ojalá se cayera whatsapp todos los días

Ayer se cayó whatsapp a nivel mundial, junto con las otras redes sociales de su grupo. Fuera del stress inicial de no poder confirmar a los pacientes (por mi mente jamás paso la posibilidad de llamar por teléfono. *PLOP de Condorito*), confieso que mi día fue bastante relax y productivo. No tener disponible la distracción del teléfono me permitió concentrarme y salir de varios pendientes que tenía acumulados. 

Pero lo que más me llamó la atención fue que, al no haber podido mensajear con mi hija durante el día, cuando llegué a casa tuvimos varias conversaciones largas y significativas. Ella tiene tres años, y le gusta mandarme audios contándome cosas. Intercambiamos algunos cuantos audios en el momentito que estoy entre pacientes, y nos da la sensación de estar en contacto. 

Y es que estar en contacto no es lo mismo que estar conectados. Se me ocurre que es como el efecto que tiene picar durante el día y luego no tener hambre a la hora de la comida, versus sentarse a comer propiamente. Tener la posibilidad de chatear brevemente con alguien en pequeñas dosis puede dar la sensación de que ya sabes de la persona, sin verdaderamente estar sintonizados. 

Don’t get me wrong; no estoy en contra de las redes. Me encanta mandar memes y cositas que me recuerdan a alguien. A Maru le mando cosas de caballos, a Ana Lorena le mando cosas de arquitectura, a Samantha le mando cosas de maternidad. Es un poquito de “estoy pensando en ti”, que me parece lindo e importante. Pero la caída de ayer me hizo darme cuenta que las redes sociales están ocupando un poco más de espacio en mis relaciones, del que me gustaría.

Ayer, al no tener la opción de mensajear, sentí muchas ganas de saber de mis seres queridos. O sea que aunque yo pensara que estamos super conectados porque chatteamos de vez en cuando, realmente tengo mucha sed de conexión.

Note to self: el teléfono sigue existiendo.

 

“¿Y tú siempre estás alegre?”

Y-tú-2-e1609788090948-1024x437 "¿Y tú siempre estás alegre?"

Todos tenemos algo

Me he dado cuenta que todo el que tiene un nombre “peculiar”, se enfrenta a una serie específica de comentarios, que ya conoce y anticipa. Y aunque no sean malintencionados, pueden dejar una expectativa sobre la persona. Cada vez que me toca decir mi nombre o enseñar mis documentos: “ah, tu siempre estás alegre”, y de vez en cuando “o sea que tú no te pones brava”.

Cuando era chiquita, me molestaba, porque sí. No me gustaba que me hicieran relajo con mi nombre. Más grandecita, simplemente seguía la corriente, y todos nos reíamos. Pero de hace varios años para acá, contesto: “no siempre”. La reacción de la gente es de shock; definitivamente no es la respuesta que esperan. Me pregunto qué les causará ese shock: que no sea complaciente y les siga la corriente, o escuchar a alguien admitir que no siempre es feliz. Acerca de cualquiera de los dos podría hablar un montón, pero hoy estoy pensando en las expectativas que tenemos acerca de la vida y la felicidad. En mi experiencia he visto que muchas personas se manejan en una dicotomía de: la vida es dura y el sufrimiento es garantizado, versus, la felicidad es la única emoción válida, los sentimientos incómodos son señal de debilidad y no se pueden manifestar. Esta es una postura muy difícil de sostener mientras se intenta vivir una vida plena.

La verdad es que en mi adolescencia/adultez temprana, cuando aún respondía “agradablemente”, algo en mí se revolvía. Era una época retadora: navegar las relaciones sociales, terminar la secundaria (las ciencias no se me daban bien en la escuela, pero en 6to año me empezaron a encantar), escoger carrera (primero me metí a Mercadeo y Publicidad, y tuve que enfrentar la difícil decisión de cambiarme de carrera), empezar la vida adulta… Y el estigma me perseguía sin darme cuenta: “¿por qué no estoy feliz? Algo estoy haciendo mal… quizás estoy defectuosa”. La búsqueda de felicidad y la negación de la incomodidad fue el tema de mi etapa de rebeldía. “¡Sí, SIEMPRE estoy alegre!”, resultó tampoco ser compatible con una vida satisfactoria.

Somos seres multidimensionales

feelings-wheel-300x295 "¿Y tú siempre estás alegre?"
Feelings wheel por Robert Plutchik
Screen-Shot-2021-01-04-at-10.52.01-AM-e1609776051735-298x300 "¿Y tú siempre estás alegre?"
© Círculo de la vida del Institute for Integrative Nutrition

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En terapia a veces hablamos de vivir en los grises. También me gusta hablar de espectros. De arcoíris. De dimensiones. Las personas somos seres complejos, cambiantes, ricos. Nos desenvolvemos en muchos ambientes, tenemos una gama amplia de emociones. Cada uno puede tener talentos diversos, intereses variados. Podemos oscilar desde lo más light a lo más profundo. Ser una cosa no tiene por qué negar la otra.

El balance, en este momento para mí, luce así: mi familia y yo tenemos salud y trabajo, y aún así, a veces tengo días buenos, y a veces no. A veces estoy agradecida con la vida, y a veces estoy brava con el mundo. A veces estoy enfocada en mi dimensión profesional, y descuido mi dimensión física, o estoy muy en mi dimensión familiar y descuido mi dimensión social, y otras veces me doy cuenta y trato de compensar. La felicidad es un estado fluctuante dentro de un espectro de emociones. No es una meta, y mucho menos una obligación. He entendido que soy una persona deliciosamente compleja (igual que tú), y quiero explorar todas mis luces y mis sombras. Así como quien quiere viajar y conocer el mundo, también quiero conocerme a mí, con todo lo que soy y cómo voy cambiando.

Soy Alegre.
SOY.
Énfasis en el verbo SER.

 

 

Psicoterapia Integrativa

La Psicoterapia Integrativa adopta una actitud hacia la práctica de la psicoterapia que declara el valor inherente de cada individuo. Es una psicoterapia de unificación que responde de forma apropiada y eficaz a la persona en el plano afectivo, conductual, cognitivo y fisiológico de su funcionamiento; también trata la dimensión espiritual de la vida.

La Psicoterapia Integrativa tiene en cuenta muchos criterios sobre el funcionamiento humano. El enfoque psicodinámico, el enfoque centrado en el cliente, el conductual, el cognitivo, la terapia familiar, la terapia Gestalt, las psicoterapias corporales, las teorías de las relaciones objetales, la psicología psicoanalítica del self y el análisis transaccional son todos considerados dentro de una perspectiva de sistemas dinámicos. Cada uno proporciona una explicación parcial de la conducta y cuando se integran de una forma selectiva con otros aspectos del enfoque del terapeuta, cada uno de ellos gana valor. Las intervenciones psicoterapéuticas que se emplean en Psicoterapia Integrativa están basadas en las investigaciones sobre el desarrollo evolutivo y en las teorías que describen las defensas auto-protectoras utilizadas cuando se producen interrupciones en un normal desarrollo.

La Psicoterapia Integrativa se refiere también a la unión de los sistemas afectivo, cognitivo, conductual y fisiológico de una persona, con una consciencia de los aspectos sociales y transpersonales de los sistemas que rodean a la persona. Estos conceptos se utilizan dentro de una perspectiva evolutiva del ser humano en la que cada fase vital presenta tareas propias del desarrollo, necesidades, sensibilidades, crisis y oportunidades para un nuevo aprendizaje.

El objetivo de una psicoterapia integrativa es facilitar tal plenitud, que la calidad del ser de la persona y su funcionamiento en las áreas intrapsíquica, interpersonal y socio-política se potencie al máximo con la debida consideración hacia los propios límites personales y las restricciones externas de cada individuo.

 

Información del Institute for Integrative Psychotherapy

La salud mental y el covid19

El mundo está viviendo un momento muy difícil. El covid19 aún no tiene vacuna, y su afección alcanza más allá que el ámbito de la salud física. En Panamá llevamos muchos meses en cuarentena. Muchas personas se han contagiado, muchos comercios han cerrado sus puertas, muchos niños están sin poder recibir su educación, muchas personas han perdido su ingreso. Las pérdidas son incontables.

El cerebro humano (y con él, el resto del cuerpo) está diseñado para sobrevivir. Nuestro cerebro está programado para captar la más pequeña señal de amenaza, y a la orden para desplegar el mecanismo de supervivencia. Este mecanismo es como el SWAT del cuerpo: los “big guns”. Es un despliegue de hormonas y químicos desde el cerebro, por nuestra sangre, a todos nuestros órganos, que nos dejan listos para pelear por nuestra vida. ¿Has escuchado de casos en que alguien levanta un carro para salvar a su hijo? Eso es.

El mecanismo de supervivencia siempre está con nosotros, pero no está supuesto a estar activado todo el tiempo. Como el SWAT, o los bomberos; están de turno, pero no están con todo el equipo y montados en el camión, hasta que haya una llamada. Defender la vida requiere un esfuerzo enorme, y gasta muchos recursos físicos y mentales. A nivel físico la respiración se acorta, la visión se vuelve más estrecha, los sentidos se alteran, el ritmo cardiaco sube, la digestión se paraliza. A nivel mental la concentración y la atención se acortan, el pensamiento y el razonamiento se entorpecen. Solo los circuitos necesarios para la acción rápida se agudizan; lo demás disminuye. 

Desde el principio, el discurso en torno al virus ha sido un discurso de guerra: “tenemos que luchar”, “vamos a vencer”, “el enemigo”, “vamos a salir de esta”. Lo que connota que hay una posibilidad de que no venzamos, que no salgamos; que seamos derrotados. Y lo peor, es que la implicación es que será nuestra propia culpa, por no “luchar”. Esto es un estado de terror. A la misma vez, adentro de la casa el temor es: ¿qué voy a comer? ¿Qué va a comer mi familia? ¿Cómo vamos a subsistir?

Lo que estamos viviendo se llama Trauma Complejo. Es trauma que ocurre repetida y acumulativamente, a lo largo de un periodo de tiempo, dentro de relaciones o contextos específicos. Sus efectos son profundos y de larga duración.

 

Y, ¿qué hago?

Hay que cuidarse, sí. Pero eso incluye cuidar la salud mental. El cuerpo no puede mantenerse en alarma constante, y salir ileso.

  • Cierra tu cerco de vulnerabilidad

Intenta tomar conciencia objetivamente, de tu riesgo. Sí, hay un virus, pero no es verdad que tu vida está en peligro activo en todo momento. No permitas que personas alarmistas, disfrazados de comunicadores y noticieros, te contagien.

  • Reconoce tus esfuerzos

Si estás siguiendo las recomendaciones de higiene, si te estás cuidando lo mejor que puedes, no estás desprotegido. Te tienes a ti.

  • Retoma el control de lo que puedas

El futuro es más incierto que nunca. No controlamos la cuarentena, no controlamos el virus, no controlamos si los demás salen. Pero podemos controlar como nos cuidamos, como nutrimos nuestra vida. Podemos controlar a qué le otorgamos nuestra atención. Hay cosas que puedes hacer; ¿cuáles son tus talentos?

  • Atiende tus necesidades

Solo tú sabes lo que es importante para ti. Aliméntate, mueve tu cuerpo, descansa, exprésate, ten una práctica espiritual.

 

Vivir no es solo sobrevivir. Necesitamos estar pendientes de nuestro bienestar de una manera integral y holística. No es momento para demostrar, de hacer esfuerzos extraordinarios. Al contrario. Es momento de recogerse y estar descansados para cuando sea hora de reconstruir.

 

¿Reinventarse o reconocerse?

Adaptarnos es ley para la supervivencia. El que no se adapta, perece. Como humanos, nuestra supervivencia también va ligada a la aceptación y al vínculo con nuestro grupo. Desde muy pequeños, lo sabemos. Desde muy pequeños entendemos lo que se espera de nosotros, y lo que debemos hacer para generar una sonrisa en nuestros cuidadores. Aprendemos a desempeñar un papel para ser amados, y así asegurar nuestra supervivencia. Aprendemos a esconder las partes de nosotros que generan rechazo en los demás. Admiración, estatus, poder, fama, reconocimiento: son todas caras modernas del deseo de ser amados.

En mi experiencia, mientras mas te editas o te censuras para sobrevivir, menos feliz eres. No importa quienes te amen, si aquello que aman no es realmente quien eres. Ese desconecte es el centro de mucho malestar. Encajar no es lo mismo que pertenecer.

En una sociedad donde estamos inundados de mensajes acerca de lo que se espera de nosotros, de lo que “debemos” ser, de estándares de belleza irreales, de las personas como recurso deshumanizado, es muy fácil perder contacto con uno mismo.

Muchas personas sienten la incomodidad de cargar el peso de sus armaduras. Y una respuesta frecuente es buscar cambiar, cambiarse. Modificar su apariencia física, cambiar de trabajo, cambiar de país… cambios hacia afuera.

Pero como dice Borges (y Bunbury): la salida es hacia adentro. La reinvención más transcendental tiene que ser la de descartar las capas que nos hemos puesto como escudos de supervivencia, para dejar al descubierto nuestro verdadero centro. Pertenecernos a nosotros mismos. Ser auténticos. Ser valientemente honestos con nosotros acerca de lo que somos capaces, acerca de lo que nos hace felices, acerca de lo que nos despierta curiosidad, acerca de lo que nos duele, acerca de lo que tememos.

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