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Ruido, Urgencia y Vacío: El Costo Psicológico de la Sobreestimulación

En la actualidad, vivimos en un estado de sobreestimulación constante. Las redes sociales, el product placement, los influencers, la contaminación auditiva y el bombardeo constante de información nos rodean a cada momento. Este constante bombardeo mantiene nuestro sistema nervioso en un estado de alerta permanente, lo que dificulta la relajación y la concentración. En un estado de sobreestimulación, reaccionamos constantemente a lo que nos rodea en lugar de tomar decisiones basadas en lo que realmente queremos. Esto nos lleva a un estado de hiperactividad sin dirección, sintiéndonos ocupados pero sin avanzar en un propósito significativo.

La sobreestimulación interrumpe nuestra capacidad de introspección, planificación y conexión con nuestras verdaderas necesidades y valores, dejándonos sin un sentido de propósito. Esta carencia de un propósito definido puede dejarnos con una profunda sensación de insatisfacción. Al no tener un objetivo claro que guíe nuestras acciones, es fácil caer en la sensación de estar ocupados pero no realmente avanzando hacia algo significativo.

La estimulación constante, especialmente a través de redes sociales y notificaciones digitales, mantiene nuestro cerebro en un ciclo de gratificación instantánea. Esto reduce nuestra capacidad para tolerar la incomodidad necesaria para perseguir metas a largo plazo, lo que nos deja sin un sentido de dirección real.

Cuando estamos bombardeados por información, entretenimiento y estímulos, no dejamos espacio para la reflexión. La claridad sobre lo que queremos y quiénes somos solo surge en momentos de calma, algo que la sobreestimulación elimina casi por completo.

La exposición continua a múltiples fuentes de información fragmenta nuestra atención. Esto nos impide profundizar en ideas, desarrollar proyectos personales y mantener la concentración en objetivos a largo plazo, esenciales para construir un sentido de propósito.

En lugar de sintonizarnos con nuestras emociones, estados internos y deseos auténticos, buscamos distracción constante. Esto impide que desarrollemos un propósito basado en lo que realmente nos importa y nos llena.

Como la sobreestimulación nos mantiene saltando de una actividad a otra sin un hilo conductor, sentimos que no avanzamos en nada concreto. La satisfacción proviene del progreso en algo significativo, pero cuando todo es ruido y distracción, perdemos la percepción de crecimiento y evolución.

En un mundo lleno de estímulos, es crucial encontrar espacios para desconectar y reconectar con nosotros mismos. Solo así podremos encontrar un propósito claro y un verdadero sentido de bienestar en nuestras acciones diarias.

 

La motivación no es suficiente

La mayoría de las personas trata de mejorarse a si misma. Buscamos ser más felices, más sanas, más plenas. Sabemos lo que podemos mejorar y nos proponemos cambios. Tenemos una imagen de cómo nos gustaría ser. Tenemos una motivación, un por qué, un “allá quiero llegar”.

El problema con la motivación es que es fluctuante. Es pasional. La motivación depende de cómo te sientes y qué necesitas en el momento presente. Las motivación es “las ganas de…”.

El precursor del cambio es la acción. Y la motivación solita no necesariamente te lleva a la acción constante y sostenida que se requiere para lograr cambios de hábitos significativos. El motor que transforma la motivación en acción, es la disciplina.

Si la motivación es el por qué, la disciplina es el qué.

La disciplina es lo que te lleva a tomar las decisiones correctas en la dirección de tus metas a largo plazo, a pesar de que en el momento presente se sientan difíciles y lejanas. La disciplina es lo que te hace ir al gimnasio cuando en realidad tienes ganas de dormir un poco mas. Es la que te hace pedir pechuga a la plancha cuando en verdad tienes ganas de comer pizza. Es la que te recuerda dejar el almuerzo preparado el domingo, para no tener que salir a comer en la calle durante la semana.

No se trata de ser robots y no disfrutar la vida. Pero cuando hicimos nuestras resoluciones de principio de año, sabíamos que queríamos hacer cambios para lo mejor. Estábamos claras en el por qué. Pero cuando el ímpetu inicial de la motivación comienza a flaquear, la disciplina nos recuerda: “¿Qué es lo mejor para mí?”.

¿Con qué acciones estas dispuesta a comprometerte, para lograr tus objetivos?

motivation-1634875_640-300x225 La motivación no es suficiente

“Sólo las personas disciplinadas son realmente libres.
Las indisciplinadas son esclavas de los cambios de humor, de los apetitos y las pasiones.” 
-Stephen Covey

¡Este año sí cumplo las resoluciones!

new-years-day-1926337_960_720-300x200 ¡Este año sí cumplo las resoluciones!

Para muchas personas, Año Nuevo representa el inicio de un nuevo ciclo, un nuevo libro en blanco para escribir la vida que desean para sí mismos. Parte de la tradición de “Año Nuevo, Vida Nueva” incluye establecer las Resoluciones del Año. Es la lista de cosas que se quieren conseguir durante el año que comienza. Popularmente las listas incluyen: bajar de peso, hacer ejercicios, ahorrar, dejar un mal hábito como fumar, etc. Los primeros días del año se llenan los gimnasios, los parques; los carritos del super van llenos de comida saludable. La gente está muy motivada en enero.

Lastimosamente, a medida que el año transcurre, la motivación va disminuyendo, los viejos hábitos comienzan a regresar y nos convencemos con nuestras propias excusas. Pero ¿por qué? Si las resoluciones fueron hechas con convicción y ganas, ¿por qué es tan difícil mantenerlas? Y más importante, ¿qué podemos hacer para cumplirlas?

  1. Sé específica con tus metas.

“Pasar más tiempo con la familia” es una meta demasiado amplia. Mientras más amplia la meta, más fácil es ponerte excusas. “Ahorraré $10 a la semana” es específico; “ahorrar” es difuso.

  1. Sé realista.

La mayoría de las resoluciones de Año Nuevo fallan porque son demasiado difíciles. No es lo mismo proponerse “leer un libro cada semana” que “leer al menos 20 minutos tres o cuatro días a la semana”. No se trata de establecer metas demasiado bajas, pero sí de dar espacio a lo imprevisto. Si estableces una meta demasiado exagerada, aumentan las posibilidades de que un día la falles y te desanimes del todo.

  1. Poco a poco.

Los hábitos, tanto los buenos como los malos, toman tiempo en desarrollarse. No sientas que tienes que cambiarlo todo a la vez, a la perfección. Enfócate en dominar un cambio a la vez.

  1. Comienza de menor a mayor.

Empieza por las cosas de tu lista que sean más fáciles de cumplir. Así aumentarás tu sentido de bienestar y de autocontrol.

  1. water-intake ¡Este año sí cumplo las resoluciones!Mide tu progreso.

Lleva un diario de tu progreso. Puedes llevar una cuenta diaria de los vasos de agua que tomas, o de los días que llevas sin fumar. A medida que vayas viendo la sucesión de “retos” cumplidos, no querrás romper la cadena.

  1. Pero si la rompes, ¡reponte!

“Si ya rompí la dieta, mejor ¡la rompo con ganas!”. Nadie es perfecto. Cosas inesperadas pueden pasar. Pero no lo empeores. Haz lo mejor que puedas dentro de una mala situación, y retoma tu curso lo antes posible. Recuerda que estás modificando viejos hábitos; ellos tenderán a aparecer si tienen oportunidad. Pon en practica tu nueva conducta lo antes posible.

Ten paciencia. Recuerda que lo que más influirá en cómo termines el año serán las decisiones que tomes momento a momento.

No lo dejes para mañana. Lo único que cuenta es que ahora mismo tomes la decisión más saludable.

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